Siglo XIX. La renovación del teatro europeo.

Un nuevo teatro en Europa.

A finales del siglo XIX las fórmulas del teatro romántico se consideran superadas y los autores se inclinan por reflejar en sus obras a la sociedad burguesa surgida de la industrialización. En este teatro se advierten claramente dos tendencias: una primera que responde a los gustos del público burgués que busca en los escenarios un espejo de sus propias experiencias vitales; una segunda que cuestiona esos mismos fundamentos sobre lso que se ha levantado la burguesía industrial. Aquel será un teatro de evasión, este un teatro crítico.

Dentro del teatro de evasión, las compañías teatrales, por medio de comedias que involucran especialmente a los estratos medios y altos de la sociedad, pretenden acercar el teatro a los deseos e intereses del público burgués. Su finalidad principal es el entretenimiento. Habrá, sin embargo, otros autores que sí persigan la denuncia social introduciendo los aspectos más duros de la realidad que los rodea: maltrato infantil, la condición de la mujer, la hipocresía, las condiciones de trabajo, la libertad individual, etc. Autores como August Strindberg o Henrik Ibsen representarán a esta última tendencia. El teatro del realismo crítico, paralelamente a lo que ocurre con la novela realista, describirá la realidad tal y como es, sin endulzarla, mostrándola con toda su crudeza.

Henrik Ibsen (1828-1906) es un autor noruego cuyas obras simbolizan como pocas la renovación del teatro de finales de siglo. En ellas profundiza con eficacia en la psicología de los personajes así como acomete en sus textos los problemas sociales más polémicos de su época. Viaja fuera de su país porque considera que allí sus horizontes creativos frustrarán considerablemente sus expectativas. Sus recorridos por Italia y Alemania durante casi treinta años lo llevaron a conocer otros modos de vida y lo puso en contacto con otras corrientes literarias. Su teatro influyó de manera considerable en otros dramaturgos contemporáneos como Anton Chejov o August Strindberg.

Como característicos de su obras aparecen unos personajes que se enfrentan con una sociedad que no los comprende; desde el punto de vista estilístico el lenguaje vuelve a la naturalidad y el decoro que exigen los personajes, así como a la sencillez de la que se había alejado el teatro romántico; los protagonistas suelen ser cercanos por lo que el público puede sentirse identificado con ellos.

Las primeras obras de Ibsen son dramas históricos: Peer Gynt (1868) o Brand (1865). En ellas todavía quedan rastros del Romanticismo. El realismo crítico aparece nítidamente en obras como Casa de muñecas (1879) sobre la condición social de la mujer y su liberación, o Un enemigo del pueblo (1882). En ambas Ibsen se enfrentó con los valores de la sociedad de su tiempo. En sus últimos tiempos Ibsen gira hacia el teatro simbolismo con obras como La dama del mar (1888).

August Strindberg (1849-1912). Este autor de origen sueco anticipa de manera lejana algunos de los motivos del teatro del absurdo. En obras como El hijo de la criada, podemos advertir lo vinculada que está la vida del autor con su obra. En esta obra refleja su infancia desgraciada con un padre autoritario. Sus enfermedades mentales definieron su existencia marcada por crisis episódicas que lo llevaron a ser declarado incapaz. Concienciado de las injusticias sociales de su época, se compromete políticamente.

En la obra de Strindberg pueden apreciarse las siguientes características: el concepto del asesinato psicológico fruto de los sufrimientos causados por una relación personal frustrada (seguramente en esto influyeron los tres matrimonios infructuosos del autor); los temas que trata se concentran en la crítica a las instituciones de su tiempo como el matrimonio, el enfrentamiento entre sexos, etc.; adapta la escenografía a sus propios intereses prescindiendo de la estructura de la obra en actos y apoyándose en el monólogo como instrumento que proporciona fluidez al texto. Sus obras más destacadas son El padre (1887), La señorita Julia (1888) y La más fuerte (1888).

Anton Chejov (1860-1904) es el iniciador del nuevo teatro ruso. A pesar de las dificultades vividas durante su juventud en la que compaginó diversos trabajos con sus estudios de Medicina, debido a la ruina en la que acabó su padre, se vio pronto reconocido como escritor. Este reconocimiento no llegó a sus obras dramáticas hasta más tarde por causa de las innovaciones incomprendidas que pretendía introducir. El respaldo de su esposa y del director Stanislasvki impulsaron sus obras de manera definitiva. Sus textos son el retrato de una sociedad en periodo de decadencia; en esa sociedad los personajes se enfrentan al fracaso individual y a la soledad; desde el punto de vista técnico, Chejov otorgó especial relevancia a lo que ocurría fuera de la escena, de manera que se el espectador se veía obligado a imaginar, es la llamada acción indirecta. Las piezas más destacadas de Chejov son: La gaviota (1896), tragedia amorosa; Tío Vania (1899); Las tres hermanas (1901) sobre los sueños de tres jovencitas que anhelan una vida mejor; y El jardín de los cerezos (1904) sobre el conflicto generacional.

El teatro en lengua inglesa conoce un nuevo auge con la obra de Oscar Wilde (1854-1900). Este nuevo teatro persigue acercarse más al espectador tratando temas de su realidad más cercana. Wilde se enfrenta en sus textos con la sociedad de la época y su propia biografía es exponente de la hipocresía de una comunidad que aceptó a Wilde mientras se ciñó a las reglas de aquella y que arrumbó debido a su condición homosexual. Estas experiencias las plasmó en su obra De profundis (1895).

Wilde es reconocido poeta y escritor de cuentos, en el teatro mostrará también sus grandes dotes de escritor. Sus comedias reflejan los valores morales de la sociedad inglesa de su época con cierto tono nostálgico y a modo de cuadro de costumbres. Sus temas se dirigen a atacar los estrictos pilares de la sociedad victoriana que ahogan al individuo, pero con la intención de acercarse a ellos manteniendo el tono humorístico. El estilo de Wilde es ingenioso por el tratamiento del lenguaje, el humor y la fluidez de los diálogos. Sus obras más conocidas son: Salomé (1894), drama de tema bíblico que rebosa sensualidad y que fue censurado en su época por considerar que trataba el texto religioso de modo sacrílego; y Un marido ideal (1893), Una mujer sin importancia (1893) o La importancia de llamarse Ernesto (1895) todas ellas encuadradas dentro de la comedia burguesa.

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El renacer del cuento en el siglo XIX.

Podemos considerar a Edgar Allan Poe como el autor que potencia de nuevo este género durante el Romanticismo. El cuento había gozado de gran difusión en Europa durante la Edad Media, colecciones como el Decamerón de Boccaccio en Italia, los Cuentos de Canterbury de Chaucer en Inglaterra, o el Libro del conde Lucanor y Calila e Dimna en España, atestiguan la fortaleza de un tipo de escritura que enlaza también con la tradición cuentística árabe de las Mil y una noches. Es cierto que Poe se especializa, por así decirlo, en las narraciones breves y con ello propicia la entrada en la senda de la narrativa corta de otros autores que se habían caracterizado por la creación de novelas como Jack London, Mark Twain o Henry James. Todos ellos confluyen ahora en el cuento que se caracteriza durante esta época por la posibilidad de plantear un final abierto, sin un cierre preciso.

En la esfera de las lenguas románicas destacan los franceses Alphonse Daudet o Téophile de Gautier, sin olvidar la contribución inigualable que fue para la narrativa breve fantástica la obra de Guy de Maupassant. En Italia escriben relatos cortos y cuentos el decadentista Gabrielle d’Annunzio y Edmundo de Amicis. En Inglaterra cabe señalar la figura de Ruyard Kipling.

Un capítulo esencial de la historia cuentística del siglo XIX la constituyen aquellos autores que recrean narraciones populares que acrecientan con otras de nueva creación, contribuyendo así al medrar del cuento infantil. Es el caso de los hermanos Grimm en Alemania, verdaderos refundadores del género, el escritor danés Hans Christian Andersen (El patito feo  o La sirenita) y el británico Oscar Wilde (El príncipe feliz).

Asimismo encontramos renombrados escritores de cuentos en la literatura rusa. Tolstoi e Ivan Turgueniev se sumaron a la nueva tendencia, pero de entre todos destaca Anton Chejov. Los cuentos de este último parecen adelantar la estética del Simbolismo, por la atmósfera nostálgica que de ellos rezuma.

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Siglo XX: teatro del absurdo y teatro del compromiso.

Teatro tras la Segunda Guerra Mundial.

El teatro del absurdo.

La Segunda Guerra Mundial lega a occidente una situación de desorientación moral desconocida hasta entonces debido a la magnitud de la tragedia vivida por millones de seres humanos. Los autores buscan su refugio en la angustia existencial y la desesperación ante un futuro que no semeja nada halagüeño.

El teatro existencialista profundizará en su preocupación por el individuo, recurriendo a los símbolos, la inverosimilitud de las acciones y de los personajes. Autores destacados de este teatro fueron Albert Camus o Jean Paul Sartre.

El teatro del absurdo será la cúspide de la renovación dramática que ya se había comenzado a producir desde principios del siglo. Dos autores guiarán esta nueva tendencia: Eugène Ionesco y Samuel Beckett. Siendo el primero de origen rumano y el segundo nacido irlandés, ambos escribirán en francés sus obras más célebres. Debe mencionarse que la labor de estos dos franceses no se entendería sin el antecedente claro de Luigi Pirandello. El escritor italiano propone en sus obras una renovación del arte escénico basado en la creencia o posibilidad de que la existencia no sea sino un artificio, una gran simulación que cede el verdadero protagonismo a la realidad que descansa en la ficción. Esta sería más real y provocaría una paradoja para el ser humano que tendría verdaderas dificultades para llegar a conocerse a sí mismo. La obra de Pirandello que más fielmente refleja esta propuesta es Seis personajes en busca de autor. La influencia de Pirandello es fundamental para entender a los autores del teatro del absurdo.

El teatro del absurdo vuelve su mirada hacia el individuo como centro de la existencia, como la máxima expresión consciente del ser, así como se fija también en la sociedad en la que se aquel se inserta. Respecto a la técnica empleada los autores presentan caracteres hiperbólicos, con cierto deleite en la representación caricaturesca de los tipos humanos; ocupa un lugar importante el sueño y las imágenes oníricas; y las acciones suelen concentrarse en pocos actos, preferentemente uno. Detrás del velo cómico se esconde la tragedia de la existencia.

Eugéne Ionesco (1912-1994) pretende sabotear el teatro clásico atentando directamente contra sus reglas, una de las cuales, la verosimilitud, se ve seriamente afectada. Pretende mostrar lo absurdo de muchas de las circunstancias cotidianas de la vida humana, especialmente aquellas más dramáticas. Su propia experiencia vital contribuye a la elaboración de sus piezas. Sus obras más destacadas son: La cantante calva (1950), donde unos personajes de lo más variopinto entrelazan diálogos sin decir nada absolutamente; La lección (1951), curioso cuadro de enseñante y alumna; Las sillas (1952), donde unos personajes inexistentes establecen un coloquio; El rinoceronte (1959), obra que muestra la transformación angustiosa de los habitantes de una ciudad en rinocerontes; El rey se muere (1962) trata sobre un tema recurrente aunque sea tangencialmente en la obra de Ionesco: su preocupación por la muerte.

Samuel Beckett (1906-1989) conduce al teatro del absurdo a sus más altas cotas de logro escénico con la escenificación de Esperando a Godot (1953). Dos personajes sobre las tablas transfieren al espectador la angustia por la espera de algo o alguien que nunca llega. Mientras tanto se suceden alusiones directas a los temas eternos de la literatura y la filosofia: la muerte, la amistad, el amor, el paso del tiempo. Así como  a otros aspectos más particulares: la noción del tiempo para los personajes y la búsqueda de la implicación del espectador o la opresión y el maltrato al ser humano. El humor amargo es parte inseparable de esta obra de Beckett, de igual modo que lo es el juego con el lenguaje y los significados, las pausas, las preguntas retóricas y  aquellas que no esperan conversación. Lo absurdo de la situación se incrementa de manera insospechada por lo absurdo de la pragmática lingüística empleada.

Desde el punto de vista escenográfico, los decorados de estas obras del absurdo suelen ser pobres con los elementos simbólicos mínimos e imprescindibles para dar el sentido (o sinsentido) requerido a la representación.


Teatro del compromiso.

Con el comienzo de la segunda mitad del siglo XX, una generación de jóvenes dramaturgos británicos se revelan contra la línea moral tradicional inglesa. Las obras se centrarán en la manera de vivir de las clases obreras. John Osborne (1929-1994) es dramaturgo y guionista de cine. Se erige como cabeza del movimiento denominado “jóvenes airados” que aglutina a todos los nuevos autores teatrales que sintonizan con esta nueva oleada de crítica de la monotonía existencial en que el capitalismo ha hundido a la colectividad. La obra de Osborne, Mirando hacia atrás con ira, es el estandarte del grupo. En el mismo sentido crítico hallamos la obra de Arnold Wesker, La cocina (1957), o la del comprometido Harold Pinter (1930-2008) con La fiesta de cumpleaños (1958) o El vigilante (1959). La influencia del grupo se deja sentir en la obra de Tom Stoppard que acompaña la crítica de ironía y humor como en Rosencratz y Guildersten han muerto (1967).

Los dramaturgos norteamericanos se concentran en reflejar las cuestiones sociales en unas piezas que mantienen una relación cada vez más estrecha con el mundo cinematográfico. El tratamiento psicológico y filosófico aparece en la obra de Eugene O’Neill (1888-1953) con A Electra le sienta bien el luto (1931). Thornton Wilder (1897-1975) escribe Nuestra ciudad (1938) donde el título es revelador de cómo Wilder retrata la vida en una pequeña ciudad donde el tiempo pasa sin grandes sucesos. Tennessee Williams (1911-1983) vuelve su mirada sobre la sociedad sureña en la que se crió. Destaca el tratamiento de los personajes femeninos, posiblemente trasunto de su hermana Rose, enferma de esquizofrenia. De igual modo se preocupa por la falta de comunicación entre los seres humanos lo que provoca situaciones de violencia contenida o manifestada a través de una ira verbal incontrolada. Entre sus obras debemos mencionar: Un tranvía llamado deseo (1947), La gata sobre el tejado de cinc (1955) o La noche de la iguana (1961). Sus obras fueron adaptadas con éxito al cine. Arthur Miller (1915-2005), guionista y dramaturgo, en sus obras trata sobre el sueño americano y la vida de las clases medias estadounidenses. El protagonista en sus obras mantiene cierta semejanza con el héroe clásico que se enfrenta a un hado trágico, en este caso el destino fatal es sustituido por el fracaso personal o social. Destacan Muerte de un viajante (1949), Panorama desde el puente (1955), sobre la inmigración, o Las brujas de Salem (1953), contra la represión y la intolerancia.

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Siglo XX. Las vanguardias.

Crisis en Europa.

En Europa el siglo XX comienza como había terminado el XIX, con el enfrentamiento bélico entre las grandes potencias europeas. La crisis bélica de 1914-18 no solo supone un resquebrajamiento de las estructuras políticas de ciertos países, sino también la reformulación del conjunto de valores de las sociedades occidentales, valores entre los que también se incluyen, como no podía ser de otro modo, los aspectos estéticos que reflejan el desencanto con unas circunstancias violentas donde reina la inseguridad en el futuro, la desesperación y el dolor provocados por la guerra, la desilusión y la desesperanza. Las primeras décadas del siglo se caracterizan por los contrastes agudos que someten el razonamiento al relativismo. El artista se ve así atorizado para defender su propio punto de vista frente al contrario. La búsqueda de nuevas formas y temas antecede a las dos grandes guerras y pretende principalmente no resignarse. La época de entreguerras es un periodo fructífero que desencadena la aparición de muy variados estilos y tendencias artísticos que evolucionan de diferente manera intrincándose e influyéndose unos a otros. La revolución literaria que enfrenta a las nuevas corrientes con lo ya establecido provoca un gran revuelo, estos movimientos rompedores se denominarán Vanguardias y se caracterizan por su gran fuerza creativa y su efímera existencia. Las vanguardias afectan a todos los géneros literarios, pero sin duda alguna serán más ricas y profundas en el ámbito de la poesía.

Las Vanguardias.

El Futurismo.

Nace con el Manifiesto futurista (1909) de Filippo Tommasso Marinetti. En él renuncia a la herencia creativa que ha conformado el arte occidental y defiende comenzar todo de nuevo, sin ninguna influencia ajena. Por encima de todo alienta la defensa de la modernidad con todas sus creaciones: la industria, la velocidad, la geometría y el cálculo, las estaciones, el movimiento, las máquinas, la agresividad, los movimentos de masas en las ciudades. La belleza se guarda ahora en los motores, los aviones, las locomotoras, los automóviles. La idea del progreso asociado al movimiento inunda los versos de los autores. En el propio manifiesto se propone la defensa de valores nuevos como el antifeminismo, el militarismo, se ensalza la guerra y el patriotismo, que esconden algunos de los motivos que luego aparecerán en los movimientos políticos totalitarios. Condenan igualmente a los templos del saber tradicionales: academias, bibliotecas y otros centros del conocimiento.

Desde el punto de vista textual el Futurismo se manifiesta en la eliminación o cercenación concienzuda del adverbio y del adjetivo, de todos aquellos elementos que condicionan el movimiento del sustantivo; la introducción de signos matemáticos sustituyendo a los signos de puntuación tradicionales. Los temas primordiales giran en torno al motor como símbolo de la existencia. En menos de diez años el Futurismo se agota y ocupará su lugar otra nueva corriente artística.

El Expresionismo.

Surge en Austria y Alemania poco antes de que se desencadene la Primera Guerra Mundial. La técnica que emplea el expresionista retuerce la realidad, la caricaturiza para poner de relieve la hipocresía que la domina. Su pensamiento va más allá de los elementos físicos para adentrarse en la metafísica, consciente de que el mundo está cada vez más deshumanizado. Las obras literarias, y en general cualquier creación expresionista ya sea en pintura, ciene o escultura, en la plasmación de las turbulencias interiores del artista, de sus pasiones más escondidas. Recurre a los monólogos interiores y los fragmentos líricos en los que se suceden en ocasiones los sentimientos del autor de manera incoherente. La imagen es el gran instrumento del poeta expresionista para reflejar su mundo interior. Hallaremos imágenes relacionadas con la crueldad de la guerra y cierta exaltación de lo feo y lo grotesco. Fue un movimento comprometido con la lucha social y política. Destacan Bertolt Brecht, más conocido por su obra teatral.

El Cubismo.

Este término que surge en el ámbito pictórico se emplea en poesía para describir a las obras en las que los autores pretenden descomponer la realidad mediante un proceso de abstracción intelectual pra volver a recomponerla privándola de todo lo secundario, de lo que no es fundamental para el mensaje que se pretende transmitir. Lo ilógico es propio del cubismo, junto al desorden y la indefinición del tema. Poetas relevantes de este movimiento son André Breton, Louis Aragon, Jean Cocteau y, de manera muy destacada, Guillaume Apollinaire con sus célebres Caligramas (1918).

El Dadaísmo.

El nombre <<Da-dá>> surgió de manera aleatoria e indica los primeros balbuceos infantiles. El Dadaísmo como otros movimientos vanguardistas también estableció sus principios por medio de un manifiesto. La burla, la contravención, la creación irracional y, en no pocas ocasiones, la falta de seriedad caracteriza a este movimento. La importancia fundamental del Dadaísmo reside en que permitió experimentar con la expresividad y abrió nuevos caminos.

El Surrealismo.

Este movimiento es posiblemente el más importante de las Vanguardias del siglo XX. Su finalidad no solo es estética, sino que pretende subvertir todos los órdenes de la vida.  El primer manifiesto surrealista muestra el cansancio por las corrientes dadaístas, firmado por André Breton, ve la luz en París en 1924. El Surrealismo persigue la supresión de la realidad dando salida a los más profundos deseos, miedos, anhelos y pretensiones de la persona. El artista debe librarse de todo lo que lo ligue a lo racional y a la realidad circundante.  Para lograr ese objetivo, el Surrealismo se sirve de diversas técnicas:

  • La base onírica. Las investigaciones y publicaciones de Freud referentes a los sueños son aplicadas por los surrealistas como modo de evadir la realidad y hacer brotar a lo íntimo y secreto que esconde el artista en su inconsciente.
  • El empleo de la escritura automática: el subconsciente irracional implica que el escritor evite la realidad racional. Al papel solo acude el contenido profundo de la conciencia que aflora desordenado sin obedecer a un tema ni a una estructura definida.
  • En relación con la anterior aparece la técnica del collage que consiste en la unión de palabras de manera aleatoria tomando como base recortes de periódicos, de revistas o palabras escritas por el poeta en diversos momentos. Puede apreciarse en este método la influencia directa del Dadaísmo.
  • La transgresión de las normas y la moral sociales mediante los juegos de palabras agudos y las asociaciones de términos extravagantes solo localizables en la imaginación.

La Segunda Guerra Mundial pone fin de manera violenta a los movimientos vanguardistas, el Surrealismo volverá a retomarse más adelante pero la segunda mitad del siglo verá cómo languidece lentamente.


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Siglo XX: hacia una nueva narrativa.

Narrativa del siglo XX. La renovación de la novela.

Después de vivir una de sus etapas doradas, la novela del siglo XIX comienza a evolucionar en direcciones distintas con la llegada de la nueva centuria. Dos tendencias principales marcan el desarrollo de este género durante los comienzos del siglo XX: por un lado están quienes siguiendo los modelos del siglo anterior y los orígenes de los propios escritores siguen escribiendo novela realista. Dentro de esta novela realista encontraremos a su vez diversos grupos: existencialistas, el realismo socialista o marxista, la novela histórica, el realismo mágico, el neorrealismo italiano, etc. En el otro extremo se hallan quienes rompen con la tradición realista e innovan en la forma y el contenido de las novelas. A este segundo grupo pertenecen los vanguardistas, los renovadores, los creadores de la novela experimental o la generación perdida norteamericana.

La novela realista: sus continuadores en el nuevo siglo.

Una de las derivas del Realismo lo constituyó el Naturalismo, otras se dirigirán más hacia la crítica social. Debemos recordar que muchos de los atuores realistas del XIX siguen con su obra a comienzos del XX.

Henry James.

Escritor norteamericano que en sus viajes toma contacto con Maupassant y Balzac. Preocupado por la forma, cuida mucho su estilo. Se caracteriza asimismo por una gran complejidad en la construcción psicológica de los personajes. Juega con el ritmo y el punto de vista narrativos, lo que implica profundamente al lector en la recreación de la narración.

Joseph Conrad.

Escritor británico de origen ucraniano. Su experiencia en la marina le sirve para los escenarios de sus novelas, enraizadas en la aventura. El análisis de culturas lejanas a la occidental, los dilemas morales o la eterna lucha entre el bien y el mal se muestran como ejemplos para la civilización de occidente. Recupera al narrador en primera persona y se ejercita en los saltos temporales. Obras destacadas son Nostromus o El corazón de las tinieblas.

Nuevos géneros novelescos.

Siguiendo las técnicas introducidas durante la etapa del Realismo y adaptándolas a las nuevas creaciones surgen las novelas de aventuras, la policíaca o la de ciencia ficción. Julio Verne (20.000 leguas de viaje submarino, Viaje a la luna, La vuelta al mundo en 80 días, Cinco semanas en globo, La isla misteriosa). H.G. Wells con El hombre invisible, La guerra de los mundos o La máquina del tiempo. Rudyard Kipling, británico que recoge como nadie la vida en la India, escribe El libro de la selva; Mark Twain quien, además de sus libros ambientados en el Misisipí, compone Príncipe y mendigo o Un yanqui en la corte del rey Arturo. Arthur Conan Doyle quien ostenta la paternidad de Sherlock Holmes y que escribió El mundo perdido, novela de aventuras.

Narrativa en las Vanguardias.

Irrumpiendo contra la tradición de imitar la realidad que suponía el Realismo, las vanguardias proponen como ejes principales la experimentación y la glorificación de la forma. Los rasgos que caracterizan a la narrativa de vanguardia son: la fragmentación, la deshumanización del personaje, la implicación activa del lector en la reconstrucción de la trama, el escenario, la personalidad de los protagonistas, etc., o la voluntad de mostrar el propio proceso de escritura.

Expresionismo: se manifiesta notablemente en el cine, pero también en la novela. Así se intenta buscar lo objetivo de la realidad mediante su deformación (el esperpento de Valle), la expresión de la angustia o la soledad, como le ocurre a los personajes de Kafka, Thomas Mann o Herman Hesse.

Dadaísmo: la ruptura de las reglas tradicionales y la provocación es su principal finalidad. Encontramos buenos ejemplos en los franceses André Breton o Louis Aragon.

Futurismo: el canto a la máquina, la velocidad y el progreso industrial se unen a la exaltación de la técnica, la ciudad o el deporte.

Surrealismo.

Se considera inaugurado con Nadja, novela de André Breton. La técnica surrealista abarca diversos juegos literarios: la escritura automática, la introducción de elementos cotidianos en la construcción narrativa, el recurso al inconsciente y el mundo onírico, y por encima de todo el empleo concienzudo de la fantasía.  El Surrealismo es notable en Francia: Jean Cocteau, Louis Aragon o Philippe Soupault. En España podemos apreciarlo en las obras de Gómez de la Serna, Antonio Espina o Benjamín Jarnés. Cierto poso surrealista puede escudriñarse en los orígenes del realismo mágico que tanto se prodigó en lengua castellana a ambos lados del Atlántico: Azorín, Baroja, Cortázar o Carpentier.

Los grandes innovadores en la novela.

Nuevos postulados edifican la que en el ámbito anglosajón se denomina “novela modernista”. Sin suponer una ruptura tan radical como habían supuesto las Vanguardias, sí adopta de estas algunos de sus logros expresivos. Esta nueva narrativa inglesa engloba tanto a los autores británicos como a la denominada generación perdida norteamericana. Por otro lado, el movimiento se extiende por Francia y Alemania, donde hallaremos dos nombres de importancia capital para la novela de este período: Marcel Proust y Thomas Mann.

A lo largo de la historia de la narrativa encontramos autores que representan un cambio de tendencia. El fin del Realismo llega a través de la innovación radical en la línea narrativa, en una nueva concepción de la forma. Así, James Joyce es quien introduce a la novela en la era contemporánea. La ciudad de Dublín es el centro de sus relatos; todos los detalles de la pequeña capital irlandesa colmarán las ansias narrativas de Joyce. La obra del irlandés es breve pero de enorme transcendencia: Retrato de un artista adolescente contiene tintes autobiográficos que se nos transmiten a través del protagonista. En Dublineses domina el pesimismo y la muerte; mientras que en Ulises se aprovecha el marco de la obra clásica para jugar con el manejo del tiempo narrativo. La acción de esta última novela transcurre en 24 horas, donde se entremezclan las profusas descripciones con el agudo tratamiento de los sentimientos y diálogos de los personajes, que a su vez reflejan sus motivaciones psicológicas y muestran incluso sus diferencias lingüísticas.

En Inglaterra se crea el Círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales progresistas que buscan el placer estético a través de la creación artística. Dentro de este grupo encontramos a filósofos como Bertrand Russell, economistas como J. Maynard Keynes, o escritores como T.S. Eliot o Virginia Woolf. Esta última concentra en su novela tal dosis de sensaciones y circunstancias evocadoras que por encima del argumento, el lector se queda con el sabor de un todo etéreo que rodea a las novelas. Son importantes los sentimientos íntimos de los personajes, el monólogo interior y el estudio de la conciencia. Entre sus obras destacan Las olas o Alfaro. Coetáneos de Woolf lo son otros autores que se ejercitan en la novela fantástica como J.R. Tolkien con El señor de los anillos o C.S. Lewis y sus Crónicas de Narnia. Novelistas que critican el avasallamiento del individuo en la sociedad moderna son Aldous Huxley con Un mundo feliz o George Orwell con 1984 y Rebelión en la granja.

En Francia esta renovación de la novela se debe a la mano de Marcel Proust. En sus obras se trata profundamente el aspecto psicológico de los personajes que ya se había avanzado en los escritos de Zola, Stendhal o Dostoievski. Proust, un dandi aristocrático, refinado y sin ninguna preocupación en lo material, no fue bien acogido en principio dentro de los círculos literarios dominados por las rebeldes vanguardias. Consagra prácticamente toda su carrera a la redacción de En busca del tiempo perdido, obra monumental en la que el lector es dirigido por un narrador en primera persona que refleja numerosos elementos autobiográficos y a la vez permite penetrar en la complejidad psicológica de los personajes. Recogiendo influencias de los pintores impresionistas, hay momentos en la novela en que apenas se trazan unas pinceladas sobre el carácter de los personajes para realizar su descripción completa. En esta obra caben desde el tratamiento de las concepciones artísticas hasta el acercamiento a las últimas tendencias filosóficas de Freud o Bergson acerca del subconsciente.  Otro francés renovador fue André Gide, precisamente crítico con Proust en sus inicios. Gide influyó notablemente en sus coetáneos a través de sus reflexiones sobre la moral, la libertad y la conciencia. Su obra más conocida es Los monederos falsos de 1935, en la que acomete la tarea de mostrar qué es escribir una novela y el papel del escritor.

La angustia existencial caracteriza a buena parte del arte alemán a comienzos del siglo XX. La potencia centroeuropea se rearma incesantemente en los primeros decenios del siglo y los novelistas en lengua alemana se inclinan hacia el expresionismo que refleja el fin del mundo, la penuria, la enajenación del individuo en una sociedad industrializada y absobida en el anonimato de las urbes, etc. De entre estos escritores surge la figura de Thomas Mann quien renueva la novela a través de la introducción en la misma de la reflexión. No cree en el arte deshumanizado, muy al contrario defiende la completa inmersión de lo humano en la narrativa. Su primera novela, Los Bruddenbrook, es un estudio del hombre burgueés de su tiempo. La tensión entre el individuo y la sociedad que lo agobia se aprecia también en Muerte en Venecia y Doctor Faustus. Es otro de los autores que reflexiona sobre el papel del artista en la socieda moderna. Su enfrentamiento con el régimen nazi lo obliga al exilio. De todas sus obras destaca La montaña mágica donde se acumula su conocimento lingüístico del alemán, el simbolismo, la ironía, así como las indagaciones filosóficas sobre los temas fundamentales que siempre han estado presentes para el hombre: la muerte, el tiempo, el dolor, la pasión, etc.

Capítulo aparte merecería el checho Franz Kafka. Su particular visión de la realidad y la manera magistral con que lo traslada al papel, lo convierten en un autor singular dentro de la narrativa europea del siglo XX. La angustia y lo absurdo se entremezclan de forma casi ordinaria en su obra, logrando un efecto sorprendente en el lector, quien desde las primeras líneas de sus cuentos o novelas se ve identificado con los protagonistas. Posee el don peculiar de saber captar lo extraño de la realidad, aquello que causa alienación al común de la sociedad, lo que reviste rasgos de anormalidad dentro de una estructura que se supone civilizada. Por otro lado, añade el elemento de lo siniestro, lo malvado consciente o el que más pavor provoca, el malvado indiferente, aquel que escudándose en el bien común comente cualquier tropelía contra la dignidad humana. Estos aspectos son tratados de manera más que evidente en La metamorfosis, donde se concentra en la condición del ser humano. La crítica a la arbitrariedad de la administración de justicia aparece en El proceso, o a la creación misma de las leyes en El castillo. Kafka también inclina su mirada hacia el interior, hacia las construcciones del subconsciente y administra las sensaciones de carga irracional tanto de los personajes como del propio lector. Relacionados con estos dos elementos, los relatos se cargan de elementos oníricos de los que brotan, en muchas ocasiones, los sentimientos más profundos de los personajes.

Kafka se aleja de una prosa barroca o inútilmente adornada. Sus periodos son sencillos y directos, logrando con ellos una implicación instantánea del receptor. Así, la desesperación, la angustia, la impotencia, la culpabilidad o la frustración fluyen de manera natural de los personajes al lector y viceversa. Su obra constituye sin duda alguna uno de los conjuntos literarios más influyentes del siglo XX.

La generación perdida norteamericana.

La década de los años veinte mostró como ninguna otra hasta el momento qué eran los Estados Unidos. La forma de vida basada en una sociedad industrializada y consumista, donde la publicidad se había convertido en una más de las necesidades informativas, eran el fiel reflejo del éxito del modelo norteamericano construido sobre los pilares de la libertad, el bienestar, el trabajo y el ánimo emprendedor individual. Como ocurriera con el Imperio español de los Austrias, esta apariencia escondía bajo sus alfombras no pocos problemas sociales, marginalidad, racismo, delincuencia y una sorprendente capacidad de sobrellevar la hipocresía. Sumidos en este ambiente enmascarado, los escritores norteamericanos encontraron su propia evasión en la capital francesa. Por aquel entonces París era el centro de un país victorioso en la Primera Guerra Mundial, se respiraba ilusión en las orillas del Sena y los barrios eran testigo del casi hacinamiento de los artistas, tal era su abundancia en cafés, teatros, tertulias, exposiciones, cabarets y otros locales de no muy buena reputación. La casa de Gertrude Stein, notable mecenas y escritora, era uno de los centros de reunión más destacados de esta época. En este lugar se encontraban Paul Valéry, Picasso o André Gide. A estos se unieron un grupo de jóvenes norteamercianos que se ganaban la vida con la escritura: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, John Dos Passos o Ezra Pound. La propia Stein fue quien los bautizó como la generación perdida, por considerarlos en busca de algo no muy bien definido y por ello desorientados.

William Faulkner y John Steinbeck, junto a Dos Passos, Fitzgerald y Hemingway, serán quienes marquen el nuevo rumbo de la narrativa norteamericana. Desencantados con el ambiente social sin normas morales claras, que en la música sabe definir tan bien el jazz, además de una depresión económica que favorece a los aprovechados y las mafias del crimen organizado aliadas con políticos corruptos que convierten la democracia fáctica en una falacia moderna, todo ello los conduce a implicarse políticamente de manera directa y desde el punto de vista narrativo a distanciar al narrador de la acción argumental, convirtiéndolo en un testigo que se sitúa en el mismo nivel de conocimiento de los personajes que el mismo lector.

Ernest Hemingway publica relatos breves en Europa que anuncian ya el cambio de tendencia. Una prosa llana y vacía de sentimientos abre el camino de un narrador que combina la literatura con los reportajes periodísticos. Se acerca a la cultura española y es un gran admirador de las tradiciones hispanas, las cuales refleja en Fiesta (1925) que se desarrolla durante las pamplonicas celebraciones de San Fermín. En esta novela los personajes se hallan desorientados y sumidos en una aventura sin derrota clara. En sus obras más célebres el narrador cede el protagonismo a los diálogos de los personajes, las descripciones lo invaden todo no dejando apenas espacio a la indagación sentimental, pero sí a notas autobiográficas del autor. Esto podemos comprobarlo en Adiós a las armas, Muerte en la tarde, El viejo y el mar o Por quién doblan las campanas.


Francis Scott Fitzgerald conoció el éxito literario y una vida lujosa que lo condujo a sumirse en el alcohol y a un final trágico. Escribió relatos cortos y cinco novelas en los que eleva al mito el mundo del jazz, el placer y el dinero. Su obra más conocida es El gran Gatsby (1925). En ella el narrador ocupa el lugar de un personaje secundario que se ve inmerso en la trama de manera tangencial. Su destreza narrativa se esconde también tras unas muy logradas descripciones y la construcción minuciosa de sus diálogos. 

John Dos Passos se concentra en las innovaciones técnicas. Conoce a los vanguardistas españoles cara a cara en Madrid. La ciudad como protagonista de las novelas aparece en Manhattan Transfer (1925). Diversas técnicas se extraen de su redacción: la fragmentación, el encadenamiento de las acciones siguiendo esquemas de los montajes cinematográficos o la simultaneidad de acciones. 

John Steinbeck. Introductor de la visión comprometida con la realidad social del momento, en sus relatos se aprecia su preocupación por el modo de vida de los campesinos rurales, los emigrantes o los huelguistas. Esta protesta contra el modelo social de vida norteamericano aparece en Las uvas de la ira. Escritor asismismo de guiones cinematográficos, sabe moverse con fluidez del drama a la comedia. Obras suyas representativas lo son también: Al este del Edén o La perla.

William Faulkner escribió desde su refugio del sur de Estados Unidos. Es uno de esos escritores que crea un mundo imaginario cargado de símbolos que le son intrínsecos de modo que se crea una particular mitología. Esta creación sitúa a Faulkner como puente entre los escritores precedentes y los que han de llegar en la segunda mitad del siglo XX. Se recupera la multitud de puntos de vista narrativos, la ruptura de la linealidad cronológica o la multiplicidad de voces en la presentación de la trama. Entre sus obras destacan: El sonido y la furia (1929), Santuario (1931) o Absalón, Absalón (1936).

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Poesía a finales del siglo XIX.

Los nuevos caminos de la poesía finisecular.

El último tercio del siglo XIX está caracterizado por el solapamiento de diversas tendencias poéticas, diferentes entre sí,  pero aunadas en una espiral que huye de los intereses románticos que las precedieron. Estas nuevas visiones del arte poético son fundamentalmente tres: el parnasianismo, el simbolismo y el decadentismo. Coinciden en su rechazo al modelo de vida burgués heredado de la industrialización y de las revoluciones de principios y mediados de siglo. Además destacan por un individualismo rayano en el egoísmo y la idolatría personal sustentadas en un ansia de rebeldía contra las instituciones y la moral y valores existentes. Desde el punto de vista de la poética, se rebelan contra la visión utilitaria del arte, buscando la belleza en sí misma y renunciando a la literatura como instrumento de revolución, denuncia o cambio social. Estos nuevos vectores de la poesía tendrán un terreno muy fructífero en suelo francés.

El Parnasianismo.

Critica los últimos excesos del Romanticismo desde el que evoluciona, pero también se opone al Naturalismo y el Realismo por ser tan crudos en su exposición de la realidad. Su preocupación será principalmente formal bajo la égida de “el arte por el arte”. El nombre de este grupo de poetas procede de la publicación Le Parnasse contemporaine (El Parnaso contemporáneo) en clara alusión a la morada de las musas clásicas, el monte Parnaso. Se desarrolla entre 1861 y 1876, sus autores principales son Banville, Leconte de Lisle o Ménard; sus temas preferidos recuerdan a los de los románticos: el pasado remoto, los clásicos, lo oriental y la naturaleza; su estilo es más personal y objetivo y se busca la perfección en la construcción del verso.

El Simbolismo.

Nacido en Francia a finales del siglo XIX, combate duramente la estética precedente. La intuición será el elemento primordial a travésd el cual buscan nuevas formas de conocimiento, por ello las imágenes serán un componente esencial para experimentar nuevas sensaciones a través de ellas. Esto desemboca en el símbolo como técnica para dibujar la realidad a través de diferentes evocaciones. Jean Moréas es quien da inicio al movimiento con su manifiesto de 1886 y se extiende hasta la aparición del Modernismo en el siglo XX. Sus autores más reconocidos son Verlaine, Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé y el propio Moréas. Sus temas preferidos se vinculan al ocultismo y el misterio mediante la intuición y la revelación. Desde el punto de vista formal es variadísimo desde el verso libre hasta la perfección de las formas clásicas como el soneto. La sinestesia es uno de sus recursos literarios más sobresalientes.

El Decadentismo.

Surge a partir del simbolismo y se caracteriza por el refinamiento y la melancolía. Se considera finalizado hacia 1890. Decadentistas destacados son los italianos Pascoli y D’Annunzio, así como Oscar Wilde en Inglaterra. Busca la evasión de la realidad mediante el recurso al exotismo, y lugares y tiempos del pasado. Se admira la decadencia de las culturas antiguas como la Grecia helenística.

Francia y sus poetas malditos.

Charles Beaudelaire. (1821-1867)

Hijo de un matrimonio desigual en edad, la muerte del padre lleva al pequeño Charles a vivir bajo la tutela del nuevo marido de su madre. La enemitad con su padrastro, general, embajador y político, lo llevarán a protagonizar episodios públicos de repulsa contra él, coincidiendo con los movimientos revolucionarios que levantaban barricadas en el París de 1848. Para templar al joven bohemio y exaltado, el general decide enviarlo a Calcuta, en un viaje que tocará las islas Borbón y Mauricio. En estos dos últimos lugares es albergado por amigos del general, pero el joven Beaudelaire se muestra desconsiderado y arisco. Es reenviado a Francia. De vuelta en su tierra, la próxima decisión es suprimir los privilegios económicos que tiene Charles y que le permiten llevar una vida disipada y sin preocupaciones. Por ello se le retira el acceso al dinero del que antes gozaba y, bajo tutela, se le concede una pequeña pensión. Charles se convierte en crítico de arte para algunas publicaciones. Los ingresos son escasos y el que será gran poeta francés del siglo, apenas escribe algunos poemas y folletines. Una gran revelación personal será el descubrimiento de los poemas de Edgar Allan Poe, desde ese momento su admiración por el escritor norteamericano lo conduce a considerar a Poe un hermano espiritual. Beaudelaire traduce las Historias extraordinarias al francés en 1856 y en 1857 escribe sus Flores del mal. Como ya ocurriera con Madame Bovary, Las Flores del Mal provocan que Beaudelaire sea sometido a un proceso por atentar en dicha obra contra los valores sociales predominantes. Algunos de su poemas son considerados obscenos y profundamente inmorales.

En la poesía de Beaudelaire encontramos los siguientes elementos destacables:

  • Las Flores del mal ensalzan lo maligno, lo que provoca no pocas reacciones negativas en su época. El mal y lo satánico pueden ser bellos en los versos del francés.
  • El poeta es una figura marginada por el mundo y de la que este se burla. Por ello a aquel no le queda otra salida que partir del spleen (la apatía, el hastío) una sensación de desasosigo y melancolía para expresar la situación en la que el bardo se halla.
  • Un mundo de enfrentamiento entre fuerzas duales en constante correspondencia: lo divino y lo humano; cristianismo y paganismo; bien y mal; lujuria y amor; santidad y bajeza moral; lascivia y candidez, etc.
  • La mujer aparece como figura central en sus poemarios. Las amó en extremo y las deifica. Festeja tanto la belleza de su alma como la de su cuerpo.
  • Temas recurrentes en Beaudelaire son: el viaje, el aburrimiento, el sufrimiento, la muerte y la voluptuosidad.

Además de Las Flores del mal, son dignos de mención sus críticas de arte y música, y restan sus otras obras poéticas: El salón de 1845, El salón de 1846, Los paraísos artificiales, Pequeños poemas en prosa o Spleen de París y Mi corazón al desnudo.

La muerte, provocada por la sífilis, sorprende a nuestro autor con 46 años, tras una vida en la que no faltaron el hachís o el opio, llena de amor por las mujeres y el trasiego por los bajos fondos parisinos, su despedida de la vida se produce de modo miserable, rodeado de los pocos amigos fieles y repudiado por sus compatriotas que solo le otorgarán la gloria poética póstumamente.

Paul Verlaine. (1844-1896)

Su vida está marcada por su relación amorosa con el joven Rimbaud, este hecho unido a la circunstancia de estar casado lo haría permanecer un tiempo en la cárcel. Escritor de obras autobiográficas en prosa y de tratados críticos, como poeta destaca por su devoción por el paisaje como elemento en el que se reflejan los estados de ánimo. Gusta de sugerir más que de la revelación explícita, empleando las imprecisiones como hilos conductores de cada estrofa en el desarrollo del tema poético. Su preocupación formal lo lleva a experimentar con el verso en diferentes rimas y medidas.

Su relación con Rimbaud la recoge en Romanzas sin palabras, y sus inquietudes religiosas se plasman en Sabiduría. Amor es un compendio de elegías dedicadas a su hijo adoptivo. Sus obras abrirían el camino del Modernismo en América y Europa.

Arthur Rimbaud. (1854-1891)

Marcado en su vida personal por la turbulenta relación con su mentor Verlaine, dedica su juventud a la escritura para más tarde retirarse a África donde deja de escribir.

Sigue a Verlaine en su gusto por la intuición; además siente especial atracción por el ocultismo a través de los símbolos. Intenta una búsqueda interior a través del subconsciente como precursos claro del surrealismo del siglo siguiente. Se le considera el creador de la llamada poesía hermética u oscura. Entre sus poemas destacan El barco ebrio, Una temporada en el infierno o Iluminaciones.

Stephan Mallarmé. (1842-1898)

Experimenta con las construcciones gramaticales y destaca por el caudal vastísimo de su vocabulario. Los conceptos son fundamentales para entender su poética, así como su trabajo con la musicalidad y colorido del verso como exaltación máxima de lo que podemos percibir por los sentidos. Sus obras más importantes son Herodías y La siesta de un fauno, obra a la que pondrá música el compositor Claude Debussy.

Paul Valéry. (1871-1945)

Junto con Mallarmé, con quien coincidió en vida, ha sido uno de los poetas que más ha influido en las generaciones de líricos posteriores. Su relación con la literatura española se traba en su relación con Jorge Guillén. Es considerado el padre de la “poesía pura”, aquella desprovista de todo lo que no es poesía, de lo que simplemente sirve como complemento del poema. Para Valéry las experiencias personales del poeta resultan irrelevantes, así como sus sentimentos, su verdadera fuerza reside en el conocimiento de los mecanismos que le proporciona la lengua para su actividad creadora. El dominio de la técnica es pues el sillar sobre el que se construye el poema. Recupera la razón como motor poético frente al sentimentalismo y el subconsciente.

Sus obras más destacadas son El cementerio marino, La joven parca, El alma y la danza y La idea fija.


La nueva poesía norteamericana.

El final de siglo trae una renovación en la poesía de los Estados Unidos. La superación de los modelos anteriores se debe fundamentalmente a la labor minuciosa y duradera de un hombre: Walt Whitman (1819-1892). Su gran obras es Hojas de hierba a la que dedica gran parte de su vida en sucesivas revisiones y rescrituras. Es un poeta de la sugerencia, pretende en muchos de sus versos que el lector busque más allá (“always suggesting somthing beyond“). En el Canto a mí mismo (Song of myself) que forma parte de aquella, se refleja el individualismo y cierto hedonismo, que muchas veces se esconde bajo esa sensación de hermano universal que parece desprender la obra de Whitman. Muestra su profundo amor por la humanidad condicionado por un profundo optimismo en la bondad del ser humano y en la vida como fuerza insuperable. Desde el punto de vista temático unas veces se muestra intimista, otras recorre los senderos de la filosofía y el trascendentalismo; poeta también de su tiempo alude a las circunstancias políticas y sociales de su época: implicado con la abolición de la esclavitud, partidario de Lincoln y los estados del norte en la Guerra de Secesión norteamericana, precisamente al 16º presidente de Estados Unidos dedica su conocida oda ¡Oh, capitán, mi capitán!.

Desde el punto de vista formal injiere en sus versos una gran fuerza y energía expresivas acompañando a una estructura versal donde el ritmo lo marcan fundamentalmente las construcciones sintácticas y la repetición léxica, más que la rima. Lingüísticamente muestra su dilección por la variación de registros, desde lo más popular a lo culto.

En España tuvo cierta repercusión hasta el punto de que García Lorca o León Felipe le dedican algunas de sus composiciones.

Emily Dickinson. (1830-1886)

Esta poetica, muchas veces marginada, se retira aún joven de la vida pública y laboral para dedicarse de pleno a la actividad literaria. Una profusa correspondencia llena sus años, es su instrumento para relacionarse con la sociedad circundante. El resto de su tiempo de escritura lo llena una serie de poemas que no fueron publicados en vida. Los temas que trata principalemente son los universales y eternos: la vida y la muerte, y la naturaleza. Sus versos son sencillos, íntimos, cargados de imágenes y connotaciones personales, como queriendo corresponder a su aislamiento voluntario, quizá en honor a un amor inalcanzable. ¿Qué es poesía para Emily?: If I feel physically as if the top of my head were taken off, I know is poetry (Si siento físicamente que me salta la tapa de los sesos, sé que eso es poesía).

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Realismo.

Realismo y Naturalismo: la narrativa.

Esta corriente literaria se desarrolla en Europa aproximadamente a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Se caracteriza por el retrato minucioso de la realidad que circunda al escritor. No se oculta ni se idealiza nada, se observa el mundo de forma exacta en sus ambientes y personajes. Para ellos los autores se documentarán debidamente sobre aquello sobre lo van a escribir. La objetividad es un valor ineludible.

El Realismo brilla como expresión literaria especialmente en Francia, Inglaterra y Rusia. El aumento demográfico de las poblaciones industriales y el desarrollo económico, junto a las desigualdades coinciden con el Realismo. Rusia, sumida en un sistema feudal, acoge las influencias del occidente continental gracias a sus intelectuales. Los avances científicos se verán también reflejados de modo diverso en las narraciones de esta época. Así, los trabajos de Darwin y Mendel contribuirán a la delineación de personajes, ambientes y círculos sociales en las novelas.

Constituyen características del Realismo las siguientes:

  • Las narraciones no buscan ni lugares ni tiempos lejanos, sino que abren una ventana al tiempo contemporáneo del escritor. Sobre un fondo histórico real se sitúan personajes ficticios aunque verosímiles. La descripción detallada es un instrumento fundamental que posee el autor para crear  ambientes, lugares y costumbres determinados, acordes con el individuo.
  • La narrativa realista concentra su acción en las aventuras y aconteceres de un personaje concreto. El medio ambiente puede influir en las actuaciones del protagonista, ya que aquel condiciona los modos y decisiones de este. El protagonista se moverá entre una serie de valores que imperan en la sociedad que lo rodea, asimismo buscará su éxito y fortuna, en muchos casos a través de la institución del matrimonio.
  • Los personajes pueden reflejar un grupo social o atendern a una intención marcadamente individualista. En ocasiones aparecen personajes tipo, aunque no son excepcionales.
  • El narrador es omnisciente. Conoce todo lo que acontece y puede penetrar en la mente de los personajes. Al mismo tiempo es aséptico y no muestra ninguna inclinación por unos u otros personajes.
  • El lenguaje es una herramienta para narrar. No importa tanto la belleza poética como las acciones que se cuentan. Se trata de un lenguaje denotativo, con una profunda carga de objetividad y precisión. Con la descripción detallista del Realismo aparecen dialectos, registros, jergas, pronunciaciones y modismos propios de diversos lugares, tipos y estratos sociales.

El Naturalismo.

Surge como una evolución del Realismo al abrigo de las teorías filosóficas y científicas revolucionarias de la época. El positivismo de Auguste Comte y el determinismo de Darwin llevan a que Émile Zola incluya en sus novelas la idea de que los personajes están atrapados por el medio en el que nacen y crecen. La naturaleza y sus condicionantes genéticos lo van a colocar en una posición prácticamente inamovible marcada por un hado fatal que recuerda al de los héroes clásicos. El Naturalismo expone las miserias humanas, dibujando las penurias de las clases más desfavorecidas en las que brotan los instintos más básicos y primitivos del ser humano. Muchas veces la narrativa naturalista se transmite mediante las novelas de tesis: se denuncia una sociedad corrupta, es escritor mira con desencanto el momento en que vive y se culpa a las instituciones más reaccionarias como la Iglesia y el ejército.

Son propios del Naturalismo los siguientes elementos:

  • La Naturaleza se toma como modelo de imitación por parte del artista.
  • La novela es cientifista. Más que entretener pretende enseñar siguiendo un método científico basado en la observación, la objetividad y la precisión.
  • La descripción constituye un elemento fundamental en las construcciones narrativas naturalistas.
  • Predilección por la representación de las clases bajas o marginales. A esto debe añadirse que los personajes suelen actuar más por instinto que condicionados por las normas morales de la sociedad.
  • El lenguaje se ve privado de toda su carga poética.

Los realistas franceses.

Stendhal (1783-1842)

Bajo este pseudónimo se esconde Henri-Marie Beyle, francés enamorado de Italia que destaca especialmente por dos de sus obras: Rojo y negro y La cartuja de Parma. Nacido en Grenoble, abandona su ciudad para instalarse en París, pero en lugar de permanecer allí se enrola en los ejércitos napoleónicos y con ellos recorre Europa. Finalizado el Imperio, vuelve a la capital gala movido por sus ansias literarias, pero una vez más sucumbe a su ser nómada: ejerce como cónsul en varios países del continente. Solo vuelve a París para morir. Personaje casi teatral, enamoradizo y rodeado de múltiples amantes, emplea numerosos pseudónimos: Henry Brulard, William Crocodile, Lisio Visconti, etc., pero sin duda el que más fama le reporta será el de Stendhal. Intentando una revolución romántica acaba escribiendo novelas realistas.

Rojo y Negro (1830) está inspirado en un curioso proceso acontecido en la zona de l’Isère: Julien Sorel, joven provinciano y ambicioso, para ascender en la escala social entra al servicio del señor de Rênal como preceptor de sus hijos. La Sra. Rênal se enamora de él y surge el escándalo. Julien ingresa en el seminario y marcha luego a París donde trabajará para el marqués de la Mole. Allí se enamora de la hija del noble y justo cuando va a celebrarse la boda, su antigua amante escribe al marqués y la ceremonia se suspende. Julien, profundamente enojado, dispara a Madame de Rênal y creyéndola muerta espera la muerte en el calabozo. A pesar de los esfuerzos de sus dos amantes, Julien es condenado a la pena capital.

La Cartuja de Parma (1839).Como Sorel, Fabrizio del Dongo es un joven ambicioso que intenta aprovecharse de sus amantes influyentes. Acusado de asesinato es encerrado en una torre de donde consigue huir con la ayuda de la hija del carcelero, de quien se había enamorado durante su encarcelamiento.  La novela escrita en un lapso de 52 días caracteriza perfectamente a los personajes desde una perspectiva psicológica.

En ambas novelas la técnica narrativa de Stendhal se concentra en el uso del yo  y del monólogo, lo cual permite que el lector siga de manera muy subjetiva el desarrollo de la trama argumental. Parece como si el narrador se ausentase de la obra para que el lector se sitúe en los ojos y el cerebro del protagonista.

Honoré de Balzac. (1799-1850)

Al lado de la figura colosal de Victor Hugo debe colocarse la de Balzac. Su capacidad de trabajo es asombrosa, hasta el punto de que bien pudo morir por agotamiento. Gustaba, como Stendhal, de los pseudónimos: Horace de Saint-Aubin o Lord R’HOnne. Fracasa en sus negocios y solo puede afrontar sus deudas gracias al respaldo de su amante, Madame de Berny. Viajero por Europa conoce a la que será su futura mujer, Eveline Hanska, con quien contrae nupcias poco antes de la muerte del escritor.

Su obra abarca más de cincuenta novelas, y veinticuatro de ellas las aunó bajo el título de La Comedia humana. Este monumental conjunto se distribuye en tres partes: estudios filosóficos, estudios analíticos y estudios de costumbres. La intención de Balzac era la de dibujar con precisión y detalle el cuadro de costumbres y hábitos sociales de su época, así como los caracteres y valores fundamentales de la sociedad contemporánea. La forma definitiva de su novela puede apreciarse en Eugenia Grandet, donde el avaro protagonista finge ser rico para poder casar a su hija. La técnica de Balzac se perfecciona con la inclusión de un nuevo elemento: la aparición de personajes de una novela en títulos sucesivos. Tal acontece en El padre Goriot (1834). Balzac no esconde un profunda crítica a la sociedad de su época. Sus personajes representan caracteres muy diversos los cuales pueden apreciarse de manera evolutiva en la piel de las diferentes figuras que aparecen a lo largo de las páginas.

Gustave Flaubert. (1821-1880).

Nace en los alrededores de Rouen. Inicia estudios de Derecho pero debe abandonarlos debido a la enfermedad. Se instala en Normandía y allí inicia una relación amorosa con la poetisa Louise Colet. El tramo final de su vida fue tumultuoso, enfermo y acosado por problemas financieros, fallece por una hemorragia cerebral.

Aparecen sus primeras novelas: Memorias de un loco (1838) y La tentación de San Antonio (1849). Publica Madame Bovary, lo cual le acarrea ser sometido a un proceso judicial del que resulta absuelto. Su otra gran novela es Salambó, que cuenta la revuelta de Cartago en el siglo III a.C. Finalmente aparece La educación sentimental, en la que se narran los amores de un burgués rico con una mujer casada.

Madame Bovary: a lo largo de treinta y cinco capítulos se desgrana la vida de Emma, de su frustrante matrimonio y su desesperada búsqueda de un ideal de vida a través de un adulterio ingenuo, casi inocente. La frustración, la insatisfacción y el aburrimiento dominan a la protagonista que no ve cómo escapar del ambiente mediocre en el que le ha tocado vivir. Sus ensoñaciones construyen un mundo ideal que nunca va a alcanzar y del otro, del real, solo le será posible huir a través de la muerte.

En la novela los personajes, lugares y ambientes gozan de una gran vida e independencia. La naturalidad con que se describen espacios y caracteres dotan a la obra de una energía que se acompasa con la profundidad en el análisis de los sentimientos y la calidez en la visión de los paisajes naturales. La novela destroza los códigos morales de la época por cuanto sitúa a una mujer rebelde como heroína que se resiste a asumir su destino.


Los realistas rusos.

La novela rusa de la segunda mitad del siglo XIX se caracteriza principalmente por una descripción de los paisajes naturales, los rasgos físicos de los personajes y sus atuendos. Todo ello proporciona un ritmo lento a la narración. Los novelistas rusos sienten especial predilección por mostrar un sentimiento de piedad y compasión hacia las clases sociales más desfavorecidas. Este sentimiento es una pieza más de la construcción narrativa en la que no solo la descripción de la situación social es importante, sino también la preocupación por los valores morales y las inquietudes filosóficas de los autores.

Alexei Nikolaievich Tolstoi. (1828-1910).

Huérfano a temprana edad, se cria con unos parientes en un ambiente cultivado y religioso. Acude a la Universidad de Kazán, abandona los estudios y se dedica a la lectura de la Biblia, Pushkin y Rousseau. Gran propietario rural, intenta mejorar la situación de los siervos que trabajan en sus tierras, pero pronto se introduce en los círculos aristocráticos de Moscú, donde tiene fama de reformista. Participa en diversas guerras como oficial del ejército. Basándose en sus esperiencias militares escribe obras cortas: Los cosacos (1863) y Sebastopol (1855-1856). Viaja por Inglaterra y Alemania; se casa en 1862 y forma una extensa progenie (quince hijos). Se dedica a administrar sus propiedades y es cuando escribe sus obras más importantes: Guerra y paz (1863-1869) y Ana Karenina (1873-1877). Esta última no es solo la historia de un amor con final desgraciado, sino que nos enseña el deseo de Tolstoi por inculcar una moral que consideraba perdida en la sociedad moscovita donde todo es dominado por la hipocresía; en el fondo Ana se ve inmersa en una lucha interior entre el deseo de ser honesta y mantener el equilibrio ante los hipócritas que la rodean.

Las influencias rousseaunianas se revelan en la actitud de Tolstoi: autor optimista y vitalista, cree que el ser humano puede transformar el mundo mediante la bondad natural, buscando la forma de acercarse a la naturaleza y vivir conforme a los dictados de esta.

Fiodor Mijáilovich Dostoyevski. (1821-1881)

Sus andanzas juveniles están marcadas por un hecho excepcional: sus encuentros con grupos socialistas considerados enemigos del régimen zarista lo llevan a ser condenado a muerte; minutos antes de la ejecución, la pena es conmutada por trabajos forzados en Siberia. Tras este exilio es enviado como soldado a Mongolia y solo puede regresar a Rusia con su esposa en 1859. Viaja por Europa y regresa definitivamente a su país en 1873.

Entre sus obras destacan: Pobres gentes (1846), Memorias de la casa de los muertos (1862), El jugador (1866), reflejo de la gran afición de Dostoievski por los juegos de azar, Crimen y castigo (1866-1867)  y Los hermanos Karamázov (1879-1880).

Crimen y castigo es otro ejemplo de cómo los autores rusos muestran en sus novelas la preocupación por temas morales y filosóficos. En este caso se trata de revelar cómo el crimen, sea cual sea su origen y finalidad, aun cuando se persiga el bien, es un atentado contra las normas morales del ser humano y conlleva como penitencia la pesadumbre del alma y la mente. En cierto modo, el autor critica al hombre revolucionario de su época. En Los hermanos Karamázov, nuestro escritor recupera la figura de su propio padre, una persona alcohólica y despótica que tiraniza a sus hijos. Del mismo modo la novela presenta la confrontación de Fiodor Karamázov con sus cuatro hijos, uno de los cuales acaba asesinándolo. Es el dilema entre el bien y el mal, la idea de moral y de libertad, y el sufrimiento como camino hacia la salvación.

El realismo en Inglaterra.

El movimiento literario del Realismo coincide con lo que en el ámbito anglosajón se denomina Era Victoriana. Los autores de esta época están íntimamente implicados en los acontecimientos contemporáneos. La sociedad industrial crea numerosos conflictos sociales y políticos en los que se ven involucrados de manera personal numerosos escritores. Las nuevas teorías científicas de Darwin revolucionan la manera de pensar la religión, la moral y la concepción de la naturaleza y del mundo. Ligadas a las condiciones de los obreros surgen las teorías del alemán Karl Marx que obtienen numerosos seguidores en la industrializadísima Gran Bretaña. También es la etapa de un arraigado puritanismo religioso que defiende las posturas más conservadoras en lo moral y ético.

Thomas Carlyle (1795-1881). Seguidor del trascendentalismo alemán inspirado en la filosofía de Kant, escribe en este sentido Sartor Resartus cuyo protagonista es un filósofo alemán que a través de la experiencia intenta admirar la desnuedez de la realidad. Escribe luego tratados de Historia como su Revolución Francesa; en él se muestra enemigo del progreso material y el materialismo en general, pues considera que no hacen sino esconder la verdad de la pobreza. En sus obras el mundo debe ser cambiado por los nuevos líderes que aparecerán; Carlyle parece profetizar en la caracterización de sus héroes la llegada de los fascismos, especialmente del alemán.

John Ruskin (1819-1900). Interesado por la belleza, comienza elogiando en sus obras los trabajos de los pintores: Las piedras de Venecia, Las siete lámparas de la arquitectura. Existe para él cierta conexión entre la fe y el arte lo que le hace enemistarse con la doctrina utilitarista. El utilitarismo construye ciudades feas, llenas de industrias y que reducen los hogares a miserables covachas donde se hacinan los trabajadores. La cuestión de la pobreza la trata en Sésamo y lirios (1865).

Matthew Arnold (1822-1888) nos trae de nuevo la armonía de Grecia y Roma, frente al germanismo de Carlylye y el medievalismo de Ruskin. Arnold desprecia lo anglo-sajón en el modo de vivir inglés, así como la insularidad como parte del carácter británico. Escribe Ensayos críticos y Cultura y Anarquía, donde remueve las conciencias inglesas a través de la función moral que observa en la poesía y en la literatura en general. Considera que Inglaterra aprenderá más de Grecia o Francia que de sus antepasados germánicos. Otro de sus grandes anhelos es la reforma educativa británica.

Charles Dickens. (1812-1870)

Constituye uno de esos autores que crea su propio mundo, donde los personajes se mueven con una vitalidad, leyes, y atmósfera propias. En sus novelas refleja su profunda implicación en la causa de la pobreza y la injusticia en que viven determinadas clases sociales inglesas. El crimen y las situaciones de desigualdad parece que no pueden ser mejoradas mediante los movimientos reformistas o los cambios legislativos, dichas modificaciones semejan proceder solo del impulso individual, una especie de retorno a la picaresca hispánica donde la salvación del héroe está solo en su capacidad de supervivencia.

Dickens tiene que trabajar desde muy joven debido a la precaria situación económica de su familia. Su primer éxito literario le llega con Las aventuras de Pickwick. Realiza numerosos viajes y se casa; tras su separación sufre un aparatoso accidente que lo deja parcialmente inválido. Sus tres grandes novelas son : Oliver Twist (1837-1839), David Copperfield (1849-1850) y Grandes esperanzas (1860-1861).

Oliver Twist nos narra la historia de un huérfano que tras pasar por innumerables penurias logra realizarse como persona. Esta novela es un cuadro perfecto de la sociedad victoriana, donde se ensalzan las virtudes de la vida rural frente a la urbana, esta última dominada por la prostitución, el crimen, la delincuencia y la marginación. David Copperfield describe la precaria situación de los niños en Inglaterra donde el protagonista logra superar la terrible experiencia de los internados para construirse un futuro como escritor. En Grandes esperanzas el protagonista también es un huérfano educado por su hermana. Un golpe afortunado en la vida permite al protagonista, Pip, recibir una esmerada educación y heredar una inmensa fortuna. Reniega de su anterior posición y de sus antiguos amigos para conquistar a su antes inalcanzable dama. Cuando descubre quién ha sido el que ha propiciado ese cambio de rumbo en su vida, sus ilusiones y esperanzas se diluyen regresando a su casa más maduro.

Las hermanas Brontë.

Hijas de un pastor anglicano, su vida estuvo condicionada por la estricta disciplina a la que las sometió su padre. La literatura es una vía de escape a través de la ensoñación y la imaginación. Emily y Anne inventaron un país imaginario, Gondal, en el que se desarrollan algunas de sus historias. Cumbres borrascosas es la obra más destacada de Emily; es una novela de clara influencia romántica, concretamente del romanticismo alemán. Jane Eyre es una novela que publica Charlotte en 1847, el mismo año en que aparece la novela de su hermana Emily. Jane Eyre es la imagen de una antiheroína que ni es bella ni rica y que solo posee como arma la inteligencia para desenvolverse en un mundo dominado por los varones, una sociedad estancada y poco propicia a los cambios que hagan destacar a la figura femenina.

Lewis Carroll. (1832-1898)

Bajo este pseudónimo se esconde Charles Dodgson, un matemático que revela en sus obras su interés por la lógica y el sentido. Somete al lector no solo a la experiencia de mundos imaginarios dotados de gran vitalidad y elementos fantásticos, sino a la subversión de la realidad lógica, así como a un atrayente juego con el lenguaje. Estos elementos son claramente apreciables en su obra más conocida: Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo.

Literatura norteamericana.

Cuando la novela se instala en los Estados Unidos este es un país aún en fase de construcción, la inmensidad de su paisajes invita más a la descripción que la la narración de historias con protagonistas bien definidos. La novela de carácter europeo no se adapta bien a la realidad de lo norteamericano, por ello las narraciones serán menos sociales que las europeas y más dedicadas a lo trascendental que a la observación de la realidad contemporánea.

Edgar Allan Poe. (1809-1849)

La maestría narrativa de Poe es innegable y sin embargo parece ser que su pasión era la poesía. Especialista en los relatos cortos de diversa tipología, su imaginación se revela magistral en las narraciones de misterio. Los cuentos de Poe más conocidos son los fantásticos y los de terror: La caída de la casa Usher, Ligeia, Manuscrito hallado en una botella, El gato negro, etc. Antecesor de la novela de ciencia ficción y de la novela policíaca en relatos como El escarabajo de oro. Da pie también al surgimiento de los relatos cuyo protagonista es un detective: Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget, La carta robada.  Su única novela corta es Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838) historia que mezcla lo fantástico con las andanzas juveniles marineras que recuerdan a Stevenson y su isla del tesoro o las más cercanas de ambiente fluvial como las que desarrolla Twain en el Misisipí.

Hermann Melville. (1819-1881)

Tras diversos trabajos acaba como empleado en varios barcos con los que recorre el Pacífico. Esta experiencia marinera la plasmará en su obra. Su novela más conocida es Moby Dick. Se desarrolla en el limitado espacio de un ballenero. El narrador es el joven Ismael enrolado en el Pequod, que a su vez es comandado por el capitán Acab. En tan reducido universo narrativo como es el barco, Melville traza la caracterización de los diversos personajes y mezcla el argumento de persecución obsesiva de la ballena blanca con las reflexiones del narrador y una riquísima referencia a la historia, la literatura occidental, la mitología, la ciencia y la filosofía. En el trasfondo de la obra descansa la perenne intención del hombre por dominar a la naturaleza.

Marc Twain. (1835-1910)

Trabajó en diversos lugares y oficios: conductor de paquebote en el río Misisipí, buscador de oro o corresponsal de prensa en Europa. Escritor con grandes dotes humorísticas, las manifiesta destacadamente en dos novelas: Las aventuras de Tom Sawyer (1876) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1885). Describe nítidamente las costumbres de los estados sureños del casi incógnito oeste, así como la sociedad norteamericana afincada en ellos, igualmente refleja la lengua inglesa de esos lugares.

© Francisco Javier Varela Pose.

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El Romanticismo III (Novela y teatro)

La novela romántica.

La novela romántica se inspira fundamentalmente en la época medieval, es una novela histórica que acentúa el nacionalismo literario como expresión de la recuperación de la identidad de cada pueblo. Los protagonistas suelen ser personajes secundarios que participan de algún hecho histórico relevante; se trata de la historia con una presentación novelada.

Walter Scott (1771-1832).

Considerado el padre de la novela histórica y, por ende, de la romántica. De origen escocés, pasa allí su infancia y juventud. Estudia leyes y realiza numerosos viajes, en uno de ellos visita el inhóspito norte de Gran Bretaña donde recupera antiguos relatos de la tradición oral. En 1814 publica Waverly, la primera novela histórica, en ella destaca su interés por el folclore escocés, descripciones de sucesos históricos y de la naturaleza; se ayuda de su propia experiencia personal y del estudio para la elaboración de la obra; la caracterización del protagonista es la típica del héroe romántico. Esta es la primera de las tres novelas que forman la “trilogía escocesa”: Guy Mannering (1815) y El anticuario (1816). Publica un volumen de narraciones en cutro series de 1816 a 1830: Cuentos de mi posadero, donde destaca la historia de La pastora de Lammermoor. Su obra más conocida es Ivanhoe, publicada en 1823 y ambientada en la época de Ricardo Corazón de León.

Los héroes de Scott son desconocidos dotados de virtudes que los hacen populares y recuerdan lo hierático de los personajes de las novelas de Chrétien de Troyes. Son personajes planos sin un análisis profundo de su personalidad puesto que al autor lo que le interesa es moverlos en un trasfondo histórico que resulte atractivo.

Ilustración para la ópera Ivanhoe.

Alejandro Dumas (1802-1870).

Este parisino conoció su primer éxito con una obra teatral. La publicación de sus novelas históricas y dramas le proporcionó una fortuna considerable, que malgastó e invirtió en empresas que fracasaron. Arruinado murió refugiado en el hogar de su hijo.

Todos los géneros literarios se dan cita en la numerosa obra de Alejandro Dumas (tragedias, melodramas, novelas de aventuras, artículos, etc), si bien se sabe que contó con el trabajo de algunos colaboradores. Dos de sus obras más conocidas son Los tres mosqueteros (1844) con sus continuaciones y El conde de Montecristo (1845-1846).

Los tres mosqueteros.

Victor Hugo.

Ya hemos podido apreciar su faceta como poeta de gran capacidad y expresividad. No menos prolífico fue Hugo en el campo narrativo, donde demostró sobradamente su valía como literato. Sus novelas están ambientadas, siguiendo el canon romántico, en épocas pasadas, sin embargo, Hugo se cuida mucho de enlazar sus argumentos con los debates sociales contemporáneos. En realidad sus novelas discurren en torno a una idea que funciona como eje de las aquellas, tal y como acontece cuando trata sobre la miseria moral y material en Los miserables (1862). En 1831 publica su primera gran novela: Nuestra Señora de París, que trata la historia de Cuasimodo, campanero jorobado de la catedral parisina en el siglo XV, junto a la gitana Esmeralda y las historias de amor entrecruzadas, que culminan en un destino fatal.

Novelas históricas y sociales también son El último día de un condenado a muerte (1829) y Claude Gueux (1834), cuya idea central es la defensa de la abolición de la pena capital. Las novelas de Hugo muestra su tendencia a reflejar la posición del pueblo, de los más desfavorecidos contraatacando a los postulados novelescos en los que la aristocracia y la burguesía eran el centro de la narración. Sin duda alguna, sus obras son el espejo de las transformaciones que acusa la sociedad francesa del siglo XIX, en constante revolución e inestabilidad política y social. Los personajes de Hugo recuerdan a los héroes clásicos grecolatinos por cuanto están abocados a un destino fatal que los persigue a lo largo de sus vidas.

Los miserables.

 

Mary Shelley (1797-1851).

Hija de escritores se educó en un ambiente dominado por las ideas románticas e ilustradas. Huye de la casa paterna en compañía del poeta Percy Bysshe Shelley con quien acaba casándose. Muerto su marido pidió que se le arrancase el corazón en la pira mortuoria. Conservó el órgano y la acompañó en sus viajes. Murío empobrecida en su Londres natal. En 1818 publica Frankenstein o el moderno Prometeo.

 

El ciego se topa con Frankenstein.

Esta novela está inspirada en el mito de Prometeo, tan bien dibujado por Esquilo, y en el Paraíso perdido de Milton. Frankenstein es una novela de terror  y ejemplo de la novela gótica en la que el ambiente se construye a raíz de paisajes sombríos, pasadizos y cámaras secretas, bosques lúgubres, ruinas medievales y castillos con criptas misteriosas. La novela es una alegato contra la ambición creadora del hombre, su mal uso de los avances científicos, su equiparación con el poder divino, el desprecio por la naturaleza y la dignidad del ser humano cargado de imperfecciones.

Teatro romántico.

El teatro romántico rompe con los principios defendidos durante el Neoclasicismo. Las obras a menudo presentan una introducción en la que los autores explican las modificaciones que han pretendido introducir en sus obras. Uno de estos prefacios, y que se considera como el decálogo del drama romántico es el que Victor Hugo escribió para su obra Cromwell en 1827. En él defiende que el nuevo teatro venga a ser una síntesis de lo anterior donde, junto a la trama principal, se desarrollen acciones paralelas que acaban fusionándose en una sola, alcanzando la idea de un todo unitario.

El drama romántico, siguiendo los postulados de Hugo, se caracteriza por los siguientes aspectos:

  • Rechazo de la regla de las tres unidades. El interés de los románticos reside en analizar la evolución de un personaje en el tiempo; les interesa el cambio de escenarios y, asimismo, se solapan varias acciones sobre el escenario. En ocasiones esta complejidad estructural limita la capacidad de representación de algunas obras.
  • Rechazo de la regla del decoro. Se muestran en escena aquellos pasajes que pudieran resultar hirientes para el espectador; la realidad lo exige.
  • Temas históricos. Mitificación del pasado nacional.
  • Mezcla de géneros. Se entrelazan elementos cómicos y trágicos en una misma obra.
  • Los héroes sustituyen a los personajes tipo. El héroe romántico se impone a los personajes planos del neoclasicismo. Aquel se mueve por el impulso que le proporcionan sus deseos pero se encuentra siempre con la fatalidad que acaba venciéndolo.

El drama romántico por excelencia es Lorenzaccio de Alfred de Musset. En Francia también destacará Alfred de Vigny, Victor Hugo y Dumas; en Inglaterra, Byron, y en Alemania, Büchner y Heinrich von Kleist.

Además del drama romántico, durante esta época se cultivan otras formas teatrales: el drama burgués, el melodrama, el teatro popular y la ópera.

© Francisco Javier Varela Pose.


 

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El Romanticismo II (Poesía).

La nueva visión del Romanticismo.

Caracteres generales.

El Romanticismo supone una ruptura decidida con la forma de hacer literatura que se había practicado en Occidente durante siglos. Hasta este momento del siglo XVIII, los cauces de cómo modelar la literatura estaban claramente delimitados no solo por los tratadistas de la Antigüedad, sino también por la interminable labor de escritores, a lo  largo de cientos de años. Los clásicos griegos y latinos habían ejercitado con tal maestría la expresión de la palabra en sus más diversos extremos, que resultaba prácticamente imposible encontrar un resquicio que no hubiesen hollado, ya fuese en el interior del alma humana, ya más allá de los límites de la bóveda celeste. Los moldes formales para la literatura estaban configurados y sobre ellos surgieron las hordas de imitadores, cuyas obras adaptaban a sus tiempos los temas y figuras eternos revelados por Homero, Horacio o Virgilio. Cada siglo establecía su propios “clasicos”, de Roma a la Edad Media, luego el Renacimiento, el Barroco y el Clasicismo. Sin embargo, el principio de imitación no implica repetición. La innovación aparece en cada época literaria y no solo impulsada por los autores de más renombre como Dante, Chrétien de Troyes, Shakespeare, Lope o Ramón Llull, sino que se gesta en el artesanal escribir de otros cientos que, marginados del canon, hacía rebrotar nuevas vías cuando las antiguas se consideraban enjutas por el uso. De tal aherrojamiento se liberan los escritores románticos. Primeramente se busca la libertad expresiva a través de la liberación formal y temática. Deben hallarse nuevos cauces de expresión literaria, especialmente poética. En el inicio del movimiento, los escritores no abandonan completamente las formas convencionales, pero sí buscan una modificación que se adapte mejor a sus necesidades interiores. Ciertos modos de decir no caben dentro de las estrofas conocidas, ni sus rimas pueden ya proporcionar la fuerza que se desea transmitir. Al menos esto es lo que consideran algunos de estos autores. Lo cierto es que en un primer momento, la célebre rebeldía romántica no es tal, y la transición desde la etapa precedente se produce sin grandes convulsiones. Más tarde se consolidará ese espíritu rebelde e innovador, pero respecto a las formas, el Romanticismo no logrará crear modelos perdurables en el tiempo, salvo algunas excepciones. El éxito del movimiento descansa en haber abierto una nueva manera de percibir el fenómento literario, la relación entre el autor y su obra, y más aún, entre el autor y los lectores.  Podríamos decir que en el Romanticismo se halla el origen de muchos de los fenómenos que conocemos de nuestra actual concepción de la creación literaria, y a él se debe la evolución de la literatura en el siglo XIX, XX e inicios del XXI.

Pero yendo a lo concreto. ¿Qué características hallaremos en los románticos que permitan trazar a grandes rasgos el lienzo de sus peculiaridades?:

a) De la primera ya hemos tratado: búsqueda de la libertad formal, nuevos moldes de expresión intentando renovar lo ya conocido, cuando no inventar.

b) La temática es muy variada:

  • Se recupera la Edad Media como época de inspiración, sus personajes reales o mitológicos, sus leyendas y espacios, abonarán las ensoñaciones de los autores.
  • El exotismo será otro terreno agradecido a la pluma romántica. Por un lado se persigue lo desconocido, lo diferente, de ahí el gusto por lo árabe, lo oriental, e incluso las tierras de los lejanos mares del Sur, la Polinesia; por otro lado, este exotismo esconde el deseo de evasión de la realidad conocida, una huida hacia una tierra pura no contaminada por la civilización.
  • Pese a rechazar en un principio el modelo clásico, los románticos pronto se ven seducidos por la belleza de las ruinas griegas y romanas, de ahí, a recuperar el trágico vivir del héroe, las prediciones de las sibilas y los oráculos o la arbitrariedad de los dioses, hay solo un paso.
  • La huida hacia la naturaleza salvaje. La búsqueda de la eutopía, del espacio perfecto, aquel en el que el hombre recupere su pureza primigenia. En muchas ocasiones esta naturaleza revela su mayor fuerza en la caduca estación otoñal o en el melancólico invierno con sus bosques deshojados, ríos helados y rincones aislados, lejos de la fábrica del ser humano. Todo ello con la luna y la noche como aliados perfectos con los que configurar el espacio más acorde al sentimiento romántico.
  • Lo desconocido atrae profundamente al escritor romántico: aquí la muerte, la vida de ultratumba, la terra incognita que todavía no ha sido contemplada por el hombre, los misterios del universo que comienza a desvelar tan lentamente la ciencia, y cómo no, el mundo de los sueños y la mente, espolean la creatividad.
  • La decadencia: predilección por las ruinas, unas veces contempladas como vestigios de un pasado glorioso, y otras como restos de la más humilde de las creaciones humanas; los cementerios y toda la simbología que los rodea también hallarán su lugar preferencial en esta época.

c) El sentimiento se impone como motor de la obra literaria.  Frente a la imposición de la razón se defiende el impulso espontáneo, el frenesí del instante.

d) El autor romántico dirige su mirada hacia sí mismo, escribe sobre sus sentimientos, sus agustias, su melancolía, sus esperanzas y alegrías, pero más allá de la instrospección personal, transmite esta visión personalísima a su obra. La creación literaria se convierte en un acto único, en una genialidad instantánea que revela al agente capaz de hacer nacer nuevas expresiones al mundo. Es el “yo creador” que tanto se ha asociado al Romanticismo. El principio de imitiación ve surgir a su lado el concepto de originalidad. El escritor crea algo original, nunca antes explorado ni experimentado, ni por el autor ni por el lector.

Pese a estos caracteres generales, sería equivocado difundir la idea del Romanticismo como un movimento unívoco. La pluralidad de visiones que se  practican llevan a la consideración de período como un prisma que proyecta múltiples reflexiones luminosas de una misma realidad. Mientras en unos casos los románticos son apasionados, rebeldes, ilusionados con la transformación social, en otros se muestran solitarios, introvertidos, melancólicos, débiles y hasta mezquinos. Sus principios morales son vacilantes, oscilan entre la pasión, el sometimiento a fuerzas sobrenaturales. Unas veces les agradará lo bello y otras perseguirán tan solo la aceptación y el asentimiento del lector, tras haber conseguido expresar más verdad que belleza. No todo es el arte por el arte. Es asimismo, la época de las multiplicaciones: proliferan los diarios y revistas que difunden la literatura, los escritores proceden ahora de las más diversas clases sociales. Las ideas nacionales impulsan las literaturas propias de cada nación: la peculiaridad del terruño se ve reflejada en la literatura que ahora florece en decenas de lenguas por toda Europa. Las lenguas minoritarias por su número de hablantes y por su prestigio social, conocen ahora un nuevo impulso en este renacer literario.

El Romanticismo resulta ser más temprano en Inglaterra y Alemania, luego alcanza los países nórdicos, Francia, arribando  por último España, Italia y Rusia. En todo caso hacia 1850 el movimiento ha llegado a su fin en el continente dando paso a la literatura realista.

Primera generación romántica inglesa.

Asistimos a la exaltación de la poesía como género predilecto en esta época. El poeta se muestra en primer plano, por lo tanto la poesía lírica alcanzará cotas elevadísismas. La elegía y la lírica amorosa ocupan una posición de relevancia junto a al poema romántico, composición poética narrativa construida sobre temas inventados, legendarios, exóticos o nacionales en los que no suele faltar el elemento maravilloso, aunque también aparece el tema bíblico o cristiano. Se cuida más la forma que en el periodo de los prerrománticos.

Al grupo poético que inicia el movimiento en Inglaterra se les conoce como “los lakistas” porque habitaron juntos en  los lagos del noroeste de Inglaterra.  William Wordsworth (1770-1850), tras sus viajes que le llevaron a conocer la Revolución Francesa, con la que se entusiasmó, regresa a los lagos donde vivirá el resto de su vida. Publica con Coleridge las Baladas líricas (1798) que rompía las formas y el estilo clásico. También compuso odas y sonetos, así como un largo poema moral (La excursión, 1814). Su visión del Romanticismo es moderada y pura, el poeta medita en medio de la naturaleza a la cual observa con delicadeza y serenidad.

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), de carácter débil y soñador,  el opio estropeó alguno de sus mejores años. Viajero en Alemania, dio conferencias y escribió ensayos filosóficos y críticos. Sus obras señeras son la oda A Francia, el Decir del viejo marino, que fue su mejor aportación a las Baladas líricas, Kublai Khan y Cristabel. En sus obras se aprecia la ensoñación, lo hechicero; muestra efectos y un vigor soprendentes en determinados pasajes.

Poesía romántica alemana.

Dos hermanos impulsan la escuela poética alemana: Wilhelm y Friedrich Schlegel. Críticos, traductores, teóricos de la literatura y de la lingüística, recuperaron el soneto para la poesía imitando a los españoles, portugueses e italianos. Una vez que los Schlegel allanaron el camino otros lo desarrollaron con más acierto. Tieck (1773-1853), imaginativo y brillante, expresa en sus poemas la soledad y misterio de las florestas. En él aparecen los encantos propios de la época: el claro de luna, la música, los pájaros y flores. Sus mejores poesías aparecen en sus dramas con clara inspiración hispana y shakesperiana. Novalis (1772-1801), con una poética ensoñadora y mística, su obra es breve como su existencia: Himnos a la noche y varias poesías religiosas, en aquellos identifica a la noche con la muerte, a la que considera una puerta hacia la vida verdadera. Hölderlin (1770-1843) conoció en su juventud a Hegel y ambos admiraron las ideas propagadas por la Revolución Francesa. La esquizofrenia lo persiguió toda su vida más acusadamente en la edad adulta. Sus escritos combinan elementos propios del Clasicismo y del Romanticismo. Su visión mística de la naturaleza, las imágenes cristianas  o elementos del panteón lo insertan en el mundo romántico.

Byron, Shelley y Keats.

George Gordon, lord Byron (1788-1824). Viajero por Oriente y el Mediterráneo. De vida apasionada, en constante contravención de las normas sociales, su residencia salta de uno a otro país y de una a otra región. Acaba alistándose en los ejércitos que intentan liberar Grecia del yugo otomano y allí muere. En diez años (1812-1822) escribe prolijamente: aparece su Pereginación de Childe Harold, donde el protagonista, que viaja por España, Italia, Suiza y las orillas del Rhin, se confunde con el propio Byron en una constante trabazón de confidencias apasionadas, meditaciones, descripciones de hechos contemporáneos y paisajes, junto a evocaciones literarias e históricas. A la vez aparecen otros poemas cortos: El corsario, Lara, La desposada de Abydos, El Giaur, todas ellas historias orientales de pasión y crimen, cuyo público más entregado serían las mujeres y jovencitas. Otros poemas de temática elevada, severa, y de profunda inspiración personal: Manfredo, Beppo, ironía al modo renacentista italiano; Caín, que reproduce el tema del mal; y Don Juan, donde la ironía se mezcla con la pasión y lo satírico con lo tierno. En toda la obra subyace la arrolladora, esnobista, orgullosa y pretenciosa personalidad del autor. Sus personajes no dejan de ser sus propios reflejos en vida literaria. Su éxito en Europa lo convirtieron en el paradigma del poeta soñador, rebelde, desesperado, audaz, frenético y emotivo.

La obra de Shelley (1792-1822) refleja su apasionada y muy vivida juventud. Su rebeldía se manifiesta contra las leyes, costumbres y religión existentes. De familia aristocrática y posición acomodada, en sus poesías se advierte la autocomplacencia, la exageración inusitada dominada por la inmadurez juvenil, una especie de prolongación de una exorbitada y prolongada adolescencia, sin embargo, en su Adonais aparece una madurez reflexiva que nada tiene que ver con sus otras composiciones.Su producción se concentra en nueve años de trabajo durante los cuales escribe más de trece mil versos antes de morir a los 29 años. Con su espíritu rebelde contrasta la nobleza e idealismo de sus poemas. Muchos de ellos son composiciones líricas apasionadas y melancólicas (Oda al viento Oeste). Escribe poemas largos: La reina Mab (1813), en el que asoma su ateísmo; Alastor;Adonais, dedicado a la muerte de Keats; o La rebelión del Islam. Compone dos dramas en verso: Los Cenci, de ambiente italiano; y Prometeo liberado, una especie de continuación del Prometeo encadenado de Esquilo.Desde el punto de vista de la técnica, Shelley es un gran dominador de la métrica tradicional y con una capacidad melódica superior a Keats o Byron, además completa esa destreza con su poética visión del mundo a través de formidables imágenes que solo habitan en una imaginación lírica.

John Keats (1795-1821)dirige sus primeros estudios hacia la cirugía pero pronto se revela su voluntad de escritor. Muere con 25 años en Roma tras una vida doblegada por la enfermedad. Su obra poética se distribuye en tres volúmenes. Entre sus composiciones destacan: Endimión, un largo poema alegórico de cuatro mil versos; en 1820 aparece el inacabado Hiperión; más tarde la balada La hermosa dama sin piedad y la oda A una urna griega. En sus escritos se aprecia su determinación en defensa del arte por el arte, la belleza como último fin de la obra poética; incide más en este aspecto que en la manifestación de vivencias personales como en el caso de Byron o Shelley. Refleja en sus versos su pasión por el mundo griego y sus beldades, pero asimismo recoge la tradición local con hermosas descripciones del entorno londinense e sigue las sendas marcadas por la inspiración en temas y motivos de la Edad Media.

Poetas románticos franceses.

Quien simboliza la ruptura o el puente entre el Clasicismo y el Romanticismo en Francia es Alfonso de Lamartine (1790-1869). Sus poemas que no alcanzan la perfección formal de sus contemporáneos recogen ya las tendencias románticas: en las Meditaciones poéticas (1820) y las Nuevas meditaciones (1823) se muestra una poesía innovadora en el país galo con una enfervorizada contemplación de la Naturaleza con un tono filosófico y elegíaco, acompañada de una profunda reflexión sobre el destino del hombre, su inquietud religiosa y alguna pequeña confesión personal. Auna las visiones de Dios, la Naturaleza y el poeta amoroso en sus Armonías poéticas y religiosas (1830).

Con un sentimiento pesimista y estoico conduce Alfredo de Vigny (1797-1863) sus versos a lo largo de sus composiciones. Su amor por la Humanidad se origina en que considera al mundo un lugar injusto, mal concebido, amén de haber sufrido una vida desventurada. Su visión romántica se aprecia en Poemas antiguos y modernos (1822-1826) entre los que destaca su Moisés; Los destinos (1864). Perdida la esperanza el estoico se enfrenta al mundo transformando su dolor y pesadumbre en un amor ilimitado hacia los semejantes.

Victor Hugo (1802-1885), celebérrimo por su contribución a la expansión de la novela en el siglo XIX, sin embargo también conoció una fructífera vertiente como poeta. Creada una escuela romántica en París hacia 1820, atrapa a Hugo hacia 1830. Como poeta romático da a luz sus Odas (1822-1828), las Baladas y las Orientales. Su apogeo como poeta lo logra en cuatro obras: Las hojas del otoño, Los cantos del crepúsculo, Las voces interiores y Los rayos y las sombras. Vuelca sus sentimientos personales en estos cuatro volúmenes, su admiración por Bonaparte y el amor a su patria. En sus versos refleja los sentimientos de todos los hombres: la bondad y ternura del padre, su simpatía por las gentes humildes, un amor apasionado. En sus obras abunda la variedad estrófica y temática con una riqueza que lo convierten en uno de los mayores poetas románticos.

Alfred de Musset (1810-1857). Es sin duda el otro gran poeta del Romanticismo galo. Su vida parece el modelo perfecto del idealismo romántico: genio precoz, amores turbulentos, apasionados y dolorosos con George Sand y con Louise Colet, esta última amante también de Flaubert y de Vigny. Su muerte prematura es la culminación al lirismo y los impulsos del corazón que empapan sus versos. En ellos se mezcla la melancolía y la desgracia junto a la risa. Musset pasará a la posteridad por sus Noches, conjunto poético que se recoge en Poesias nuevas: Noche de mayo y Noche de diciembre (1835), Noche de agosto (1836) y Noche de octubre (1837).

Tres maestros más: Heine, Leopardi y Lenau.

Giacomo Leopardi (1798-1837). Enfrentado con los que se denominaban románticos en los círculos poéticos de su contemporaneidad, él no se consideraba romántico y sin embargo constituye, sin duda alguna, una de las cúspides del Romanticismo en Italia y Europa. Helenista consumado, reside en diversas ciudades de la península itálica y su cuerpo enfermizo encierra una fuerza poética difícil de igualar. Sus estudios profundos en filosofía, filología, así como sus lecturas lo formaron en un sólido conocimento del alma y el crear humanos. Simboliza también al hombre que entrega amor sin límite en busca de una felicidad absoluta. Su producción poética es breve pero de una exquisitez única, que hace imposible despreciar ninguno de sus composiciones. Compone los Canti (Cantos) entre 1816 y 1836. En ellos canta a Italia y sus desgracias, sus sueños adolescentes, sus luchas, decepciones, desesperación, refleja en ellos el problema del destino del hombre, que aparece como motivo reiterado en todas sus meditaciones filosóficas.

Heinrich Heine (1798-1856). Judío alemán que escribe mucho en francés (se había educado bajo la influencia gala en la Renania francesa). Publica su Libro de los cantares (1827), entre los que se incluyen Intermezzo, El mar del Norte y El retorno. Posteriormente apareecen las Nuevas poesías que comprenden Nueva primavera, varios romances y Alemania. Gran poeta lírico, hereda de Goethe el gusto por la canción popular, la melancolía de intensidad breve y la canción amorosa. Su modo de versificar es sencillo así como el lenguaje empleado, igenuo en las imágenes de manera consciente provoca que sus sentimientos se acerquen al lector de manera inusitada. La Edad Media como espacio poético también aparece esparcido en sus poemarios. Es considerado con Goethe el más destacado de los poetas alemanes.

Nikolaus Lenau nace en el Imperio Austrohúngaro, en territorio de la actual Rumanía. Su vida está llena de viajes extensos, marcada por una pasión amorosa que acabó sumiéndolo en una locura de la que no se recuperó. Al igual que otros poetas románticos su espíritu aparece identificado con un profundo sentimiento de amor al género humano, practicante de una meditación profunda y filosófica, amante de la Naturaleza, ejerciente de la amistad, todo ello en antítesis permanente con un profundo pesimismo y desesperación al contemplar la dureza del mundo y la existencia. Aparecen sus Poesías en 1832, con posterioridad escribe multitud de sonetos, elegías, tercetos y tres grandes poemas: Fausto en 1836, poema dramático a imitación del de Goethe, Savonarola (1837) y Los albigenses (1842), estos dos últimos son un canto contra la intolerancia. Deja inacabado un Don Juan.


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Kublai Khan. Samuel Taylor Coleridge.

Kubla Khan de Samuel T. Coleridge.

Kubla Khan
In Xanadu did Kubla Khan
A stately pleasure-dome decree:
Where Alph, the sacred river, ran
Through caverns measureless to man
Down to a sunless sea.
So twice five miles of fertile ground
With walls and towers were girdled round:
And there were gardens bright with sinuous rills,
Where blossomed many an incense-bearing tree;
And here were forests ancient as the hills,
Enfolding sunny spots of greenery.
But oh! that deep romantic chasm which slanted
Down the green hill athwart a cedarn cover!
A savage place! as holy and enchanted
As e’er beneath a waning moon was haunted
By woman wailing for her demon-lover!
And from this chasm, with ceaseless turmoil seething,
As if this earth in fast thick pants were breathing,
A mighty fountain momently was forced:
Amid whose swift half-intermitted burst
Huge fragments vaulted like rebounding hail,
Or chaffy grain beneath the thresher’s flail:
And ‘mid these dancing rocks at once and ever
It flung up momently the sacred river.
Five miles meandering with a mazy motion
Through wood and dale the sacred river ran,
Then reached the caverns measureless to man,
And sank in tumult to a lifeless ocean:
And ‘mid this tumult Kubla heard from far
Ancestral voices prophesying war!
The shadow of the dome of pleasure
Floated midway on the waves;
Where was heard the mingled measure
From the fountain and the caves.
It was a miracle of rare device,
A sunny pleasure-dome with caves of ice!
A damsel with a dulcimer
In a vision once I saw:
It was an Abyssinian maid,
And on her dulcimer she played,
Singing of Mount Abora.
Could I revive within me
Her symphony and song,
To such a deep delight ‘twould win me
That with music loud and long
I would build that dome in air,
That sunny dome! those caves of ice!
And all who heard should see them there,
And all should cry, Beware! Beware!
His flashing eyes, his floating hair!
Weave a circle round him thrice,
And close your eyes with holy dread,
For he on honey-dew hath fed
And drunk the milk of Paradise.

Kublai Khan.

En Xanadú ordenó Kublai Khan
Levantar un majestuoso palacio,
Allá donde discurre el Alfa, río sagrado,
Por grutas insondables para el hombre,
Hacia un mar no soleado.
Dos veces cinco millas de fértil tierra
Con murallas y altas torres encierra,
Allí los jardines brillan en arroyos sinuosos
Donde al árbol del incienso le brota la flor
Y bosques viejos como las colinas
Envuelven soleados rincones con verdor.

¡Oh! Romántica y profunda sima que se inclinaba
hacia la verde colina por entre la cobertura de cedros.
¡Agreste paraje! Tan sagrado y encantado
como, bajo la luna menguante, era hostigado
por los gemidos de mujer el espíritu amado.
Y desde la sima, con confusión furiosa e incesante,
Como si la tierra respirase jadeante,
Se hizo brotar un poderoso manantial,
Entre cuyo manar veloz medio interrupto,
Enormes fragmentos cual granizo rebotaban
O como la paja que el trillador bajo el mayal separa,
Y para siempre de entre las rocas danzantes
El sagrado río brotó al instante.
Cinco millas de laberíntico serpenteo
El sagrado río por el bosque y el valle se interna,
Y alcanzó, las para el hombre, insondables cavernas,
Con el fragor se hundió en un mar inerte,
En medio del tumulto escuchó Kubla las voces
Ancestrales, profetas de la guerra atroces.

La sombra de la cúpula del gozo
Flotaba en medio de las ondas;
Allí se oía el fundido rumor
Del manantial y del pozo.
Era un milagro de extraño empeño.
Un palacio dorado sobre la cueva de hielo.

Una joven con un salterio
En una visión se aparecía:
Era una doncella abisinia
Que en el salterio tañía,
Cantando al Monte Abora.
Si reviviera en mí
Su canto y melodía,
Tan profundo placer me vencería
Que con música elevada y sostenida
Aquella cúpula en el aire construiría.
¡Soleado palacio!¡Heladas cuevas!
Y todo aquel que las oyese las vería
Y alto exclamaría: “¡Guardaos, guardaos!
¡Sus ojos llameantes y su airado cabello!
En torno a él tres círculos trazad
Y con santo temor los ojos cerrad,
Pues con néctar de las flores se ha nutrido
Y la leche del Paraíso ha bebido”.

© De la traducción: Francisco Javier Varela Pose.
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